miércoles, 20 de julio de 2011

AUTOR: BODOC Liliana Cuento: "AMARILLO", biografía, entrevista

Amarillo
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Ye-Lou fue emperador de un vasto territorio ubicado al este del mundo conocido. El suyo era un imperio dorado donde las porcelanas lucían tan suaves y pálidas como las mujeres, las mujeres caminaban gráciles bajo el sol, y el sol picaba como un grano de mostaza.

Este emperador, este Ye-Lou del que les hablo, tenía por costumbre dormir la siesta.
Las siestas, no importa en qué lugar sucedan, huelen a papeles envejecidos y zumban como abejas. Y bien..., Ye-Lou las olía, las escuchaba, y se dormía de pronto en cualquier sitio donde estuviese. La mayoría de las veces, el sueño lo atrapaba durante su almuerzo; de modo que el plato de arroz con azafrán quedaba a medio terminar.
Apenas el emperador empezaba a cabecear, su esposa le sugería que utilizara para su siesta la cama recubierta con escamas de oro. Su consejero le aconsejaba la cama torneada en bronce, y su médico le recetaba la cama tapizada con piel de leopardo. Pero Ye-Lou no escuchaba a nadie porque, fuese donde fuese, Ye-Lou ya estaba durmiendo y roncando.
Cuando los sirvientes del palacio oían los ronquidos, se apresuraban a cubrir con lienzos las ciento cincuenta y cinco jaulas donde penaban y trinaban quinientos cincuenta y tres canarios. Las cubrían para que todo fuese silencio durante la siesta del emperador.
Pero un día, las siestas del emperador dejaron de ser dulces y plácidas, y se pusieron agrias y difíciles. Como si dijésemos que las siestas de Ye-Lou pasaron de ser miel a ser limón.
Todo comenzó durante una calurosa siesta de verano, cuando el durmiente emperador tuvo un horrible pesadilla. Horrible para un emperador de tan vasto imperio que debía creerse, por necesidad, el más grande, venerable y digno de amor de todo este mundo.
Su pesadilla comenzó con la aparición de un punto de luz que fue creciendo, creciendo y creciendo hasta doblarlo en estatura. Después, la luz le habló con voz gigantesca:
—Oye bien, emperador Ye-Lou. Hay en este mundo alguien más venerable, más grandioso y más amado que tú. Y en día muy cercano, todos mirarán su rostro mientras tú te arrastrarás derrotado bajo el peso de su esplendor.
La primera vez, Ye-Lou no quiso darle demasiada importancia a su pesadilla, y la alejó de su pensamiento con el mismo ademán de espantar insectos. Sin embargo, la pesadilla regresó con mayor frecuencia. Finalmente, todas las siestas del emperador se estropearon con la presencia de aquella luz gigantesca que traía malas noticias:
—Oye bien, emperador Ye-Lou. Hay en este mundo alguien más venerable, más grandioso, y más amado que tú. Y en día muy cercano, todos mirarán su rostro mientras tú te arrastrarás derrotado bajo el peso de su esplendor.
Casi desesperado, el emperador le preguntó a su esposa qué podía hacer para terminar con aquel desagradable sueño. Ella estuvo un buen rato revisando su Gran Libro de Remedios Caseros.
—Tienes que beber una yema de huevo batida con vino blanco —le dijo su esposa—. Aquí dice claramente que bebiendo una yema batida con vino blanco se evitan las pesadillas.
El emperador hizo lo que su esposa le aconsejaba. Pero, para su desdicha, la pesadilla no desapareció. Por el contrario, la luz parecía crecer con tan buen alimento.
Desesperado, el emperador consultó con su médico.
—Te lo diré claramente... —el médico acababa de hojear a escondidas el Gran Libro de Remedios Caseros—. Quien desee espantar pesadillas deberá frotar su frente, sus codos y sus pies con polvo de azufre.
El emperador cumplió puntualmente con las recomendaciones del médico de palacio. Pero tampoco tuvo suerte... ¡El azufre solamente consiguió que la luz hablara con voz mineral!
Entonces, verdaderamente desesperado, el emperador le preguntó a su consejero.
El consejero movió la cabeza en señal de desaprobación, quería dejar claro que el Gran Libro de Remedios Caseros le parecía pura charlatanería. Luego carraspeó, y recitó su sabio consejo: para no sufrir pesadillas durante las siestas bastaba con no dormir la siesta.
—El que no duerme no sueña, ¡oh, venerable!, ¡oh emperador! —dijo el consejero—. Si tú no duermes la siesta, ¡oh, emperador!, ¡oh, venerable!, tus pesadillas terminarán.
Hay que decir y creer que Ye-Lou hizo lo imposible para seguir aquel consejo que, al fin y al cabo, parecía el más sensato de todos los que había recibido. A veces, sin embargo, ni lo imposible es suficiente. Cuando la siesta llegaba al reino de Ye-Lou con su olor a papeles envejecidos y su zumbar de abejas, el emperador se dormía por mucho que se esforzara en evitarlo. Se dormía aunque, por su expreso mandato, las jaulas no fuesen cubiertas y los quinientos cincuenta y tres canarios estuviesen trinando.
Y en cuanto Ye-Lou se dormía, un punto de luz aparecía justo en el centro de la oscuridad del sueño. La luz crecía con asombrosa rapidez hasta ocupar todo el espacio de la pesadilla, y entonces hablaba:
—Oye bien, emperador Ye-Lou, hay en este mundo alguien más venerable, más grandioso y más amado que tú...
Las palabras se repetían idénticas.
—Y en día muy cercano todos mirarán su rostro...
Siesta tras siesta, las cosas se complicaban. Cada nuevo despertar, dejaba al emperador sumido en un triste ánimo. Luego se pasaba el resto del día y el resto de la noche deambulando por los pasillos del palacio, murmurando cosas que nadie entendía, y preguntándose quién sería aquel que iba a derrotarlo.
Porque el emperador estaba convencido de que la luz de su pesadilla no hablaba en vano. Lo que esa mala luz le estaba advirtiendo era algo que en verdad sucedería. Y según sus propias palabras, en día muy cercano.
¿Quién podría ser el que lo obligaría a arrastrarse? Ye-Lou se tiraba de la cabellera, abría de par en par los ventanales y con los brazos abiertos gritaba a toda garganta:
—¡Seas quien seas, no permitiré que me derrotes!—. El grito del emperador atravesaba las inmesas plantaciones de cereales y frutos que rodeaban el palacio, salía a la ciudad, se metía en los templos, sacudía las chozas de paja de los campesinos, y desprendía las peras maduras de sus ramas.
Las personas del reino lo oían y se lamentaban:
—¡Ay! —decían—. Nuestro pobre emperador ha enfermado. Ya no hace otra cosa que hablar de un poderoso enemigo que sólo existe en sus siestas.
Ye-Lou enflaquecía ante los ojos de todos. Y sin cesar, repetía las palabras de la luz.
—Alguien más venerable, más grandioso y más amado...
La ira lograba que, a pesar de su fatiga, el emperador se mantuviera en pie:
—Pero, ¡quién es! —gritaba—. ¿Quién es él? ¿Quién es...?
Muchas veces, después de esos arranques de furia, Ye-Lou caía al suelo agotado. Permanecía así durantes largas horas, sin que nadie se atreviera a acercarse.
Y así estaba el horrible día en que, de repente, alzó su rostro desfigurado por los insomnios. Y con el color de la envidia.
—¡Muy bien! —El emperador acababa de tomar una espantosa decisión— ¡No amanecerá el día de mi enemigo! ¡Mando la muerte para todos los que pretenden ser grandes en mi reino!
Hasta aquel día fatal, Ye-Lou había compartido su vasto imperio con señores de señoríos, y príncipes que regían provincias opulentas. Ellos aceptaban a Ye-Lou como único emperador de todo el este. Y, en retribución a su lealtad, Ye-Lou respetaba sus territorios. Se aliaba con ellos en caso de necesidad, y compartía los frutos en tiempos de sequía. Pero una pesadilla estaba a punto de terminar con tan buena vecindad.
El emperador estuvo la noche entera repasando el poder y las riquezas de cada uno de los príncipes y los señores de su reino. Perdido en el territorio de la locura, todos ellos le parecían enemigos. Cualquiera podía ser, en su afiebrada cabeza, el que intentara cumplir el presagio de la pesadilla.
—Alguien más venerable, más grandioso y más amado que tú...
Ye-Lou tomó una pluma, un trozo de pergamino, y escribió una larga lista de nombres.
—Alguno de estos ha de ser el que pretende derrotarme —decía Ye-Lou, pasando los ojos por su lista de condenados a muerte.
A la mañana siguiente, sus emisarios partieron en las cuatro direcciones a cumplir la peor orden que Ye-Lou había dado hasta entonces.
Y Ye-Lou se quedó esperando. Miraba hacia el norte y luego al sur, ansioso por verlos regresar.
A mitad del otoño, los hombres que habían partido llevando dardos de oro envenenados comenzaron a llegar. Uno tras otro, y al galope, atravesaron los jardines cubiertos de hojas secas. Desmontaron e hicieron la reverencia obligada.
—Emperador Ye-Lou, lo que ordenaste se ha cumplido.
Eso significaba que otro dardo había sido disparado con buena puntería. Eso significaba que Ye-Lou tenía un enemigo menos a quien temer.
Sin embargo, a pesar de tantos dardos y de tanto otoño, la pesadilla continuó apareciendo en las siestas del emperador y repitió la misma amenaza:
—Oye bien, emperador Ye-Lou, hay en este mundo alguien más venerable, más grandioso y más amado que tú. Y en día cercano todos mirarán su rostro mientras tú te arrastrarás derrotado bajo el peso de su esplendor.
Ye-Lou abrió de par en par uno de los ventanales más altos del palacio, y gritó con la voz enronquecida de dolor:
—¡Seas quien seas, jamás me arrastraré ante ti!
El emperador alzó el puño en señal de amenaza. Pero, frente a su rabia, los trigales continuaron meciéndose al viento como si nada escuchasen. Fatigado, Ye-Lou dejaba caer su brazo y su voz:
—Pero, ¿quién eres? Sólo debo saber quién eres...
Para ese entonces, todos en su reino le temían. Ni su dulce esposa, ni su médico, ni siquiera su consejero conseguían devolverle la calma.
Ye-Lou ya no comía. Iba de un lado al otro murmurando desgracias y odios. Y apenas si se acordaba de respirar.
El otoño llegaba a su fin... Todos los emisarios habían regresado, todos los dardos de oro habían sido disparados con precisión. Ye-Lou ya no tenía vecinos poderosos... Pero, ¡ay, desdichas de todas las desdichas!, la pesadilla continuaba recitando su terrible presagio.
Pocas siestas después, Ye-Lou despertó con la cabeza repleta de alaridos que le golpeaban dentro, y hacían que todo se nublara ante sus ojos. Sudoroso y golpeando los dientes, ordenó que lo vistieran con su mejor armadura y que le dieran las armas sagradas de sus antepasados.
—¡Tendré que ir a buscarlo yo mismo! —gritó frente sus sirvientes y sus soldados.
El emperador salió del palacio. Miró hacia todos lados y avanzó lentamente. Giró de improviso, como para sorprender a alguien que estuviera a sus espaldas. Pero a sus espaldas sólo había soledad. Así caminó sin rumbo, tajeando el aire con su espada. Quienes lo vieron pasar, supieron que el venerable Ye-Lou había enloquecido para siempre.
Ye-Lou caminó y caminó. Atravesó los trigales dando gritos amenazadores.
—¡Ponte frente a mí! —vociferaba para los campos—. Si en verdad crees que puedes derrotarme, ¡preséntate y dame pelea!
Al cabo de varias horas, el calor comenzó a agobiarlo. Dentro de su armadura metálica, el debilitado emperador perdía las escasas fuerzas que le quedaban. Aun así, continuó andando a grandes pasos, blandiendo la espada y provocando a su enemigo.
Ya había segado todo el trigal a filo de espada, porque imaginaba que entre las mieses podía estar oculto el que venía a derrotarlo. Como no encontró lo que buscaba, se dirigió al campo de mijo. De nuevo destrozó las plantas nuevas, y de nuevo no consiguió nada.
Su enflaquecido cuerpo no podía continuar. La cabeza latía de calor dentro del casco. Ya casi no podía ver, y su rodillas se doblaban bajo el traje de metal.
Con la fuerza que le daba la locura, Ye-Lou llegó hasta el campo de girasoles.
Dio unos pocos pasos vacilantes y cayó al suelo. Sin embargo, con gran esfuerzo consiguió ponerse nuevamente de pie. Ante sus ojos fatigados, los girasoles se hacían enormes y diminutos, se iban, ondulaban, desaparecían...
Todavía Ye-Lou intentó continuar hasta que, al fin, cayó de rodillas. Como pudo, se quitó el casco para respirar. Las lágrimas le quemaban desde los ojos al cuello. El emperador quiso levantarse; pero sus brazos, delgados como hebras de heno, no pudieron ayudarlo.
Ye-Lou arrastraba su soledad y su locura bajo el esplendoroso sol del este. A su alrededor, los girasoles, indiferentes a su agonía, miraban al mismo punto del cielo.
—Y en día cercano todos mirarán su rostro..., mientras tú te arrastrarás bajo el peso de su esplendor.
El sol resplandeciente en el cielo. Los girasoles, mirándolo. Ye-Lou llorando su locura contra la tierra.
En el lugar donde habitan los sueños, una pesadilla sonreía.

FUENTE: IMAGINARIA



 Liliana Bodoc: Literatura mágica


“La ficción es un lenguaje poderosísimo para despertar o ahondar la comprensión de la realidad.”
Liliana Bodoc nació en Santa Fe y se radicó en Mendoza, donde vive actualmente en una chacra en el barrio de Vistalba. Luego de cursar la carrera de Licenciatura en Literaturas Modernas en la Universidad Nacional de Cuyo, se dedicó a la docencia en colegios secundarios y a su taller de narrativa. Hace algunos años dejó el ejercicio de la docencia, y la escritura se trasformó en trabajo de tiempo completo.
Entre sus obras se destaca Saga de los Confines, compuesta por tres partes: Los días del Venado, Los días de la Sombra y Los días del Fuego. Esta última, nos cuenta, "fue la más ardua. Supongo que la explicación está en que era el momento de cerrar muchas historias abiertas, de trabajar sobre dos continentes: Las Tierras Fértiles y Las Tierras Antiguas. Era el momento de decidir qué personajes y situaciones priorizar y cuáles, en cambio, debían tener el trazo ligero de un esbozo. Ninguna historia épica admite detallar cada uno de los aspectos mencionados. Las posibilidades de seguir contando crecen geométricamente y es tarea del escritor sujetar la mano y decir ‘hasta aquí’. La construcción se completa en cada lector”.

Una escritora que con la Saga de los Confines se convirtió en una de las nuevas revelaciones de la literatura argentina en el género de la fantasía heroica épica, una literatura que en lo genérico tiene su referente en J.R.R. Tolkien y Ursula K. Le Guin. Sin embargo, la concepción cultural y el lenguaje se ligan a lo mágico de la literatura americana. Sus protagonistas, la civilización de los husihuilkes, que evocan al pueblo mapuche, y los zitzahay con reminiscencias náhuatl, presentan marcas evidentes de las culturas originarias americanas. “Escribir sobre lo que conozco y amo seguirá siendo, por ahora, mi premisa”, adelanta Bodoc en esta entrevista.

Por Verónica Castro

—Hace ocho años que empezó a escribir Saga de Los Confines, y sabemos que pasó mucho tiempo leyendo textos específicos, los diarios de Colón, cartas de Hernán Cortés, libros de historia, antropología, literaturas americanas y mitos, para luego inventar su propia leyenda de un mundo imaginario. Vladimir Nabokov, por ejemplo, una vez contó que escribía de forma desordenada en fichas y que no escribía el cuarto capítulo después del tercero y tampoco empezaba por lo que finalmente sería el principio de la novela, y que un promedio de tres fichas resultaba ser quizás luego una página del libro. ¿Usted cómo vive el proceso creativo?
—Mi trabajo de creación literaria comienza con un orden bastante riguroso; sobre todo en la construcción lógica del relato. De no hacerlo, temería perderme y errar en la extensión del tiempo y el espacio narrativos, en la diversidad de personajes y en la simultaneidad de las acciones. Sin embargo, ese orden se va “ablandando” a medida que avanza el relato y voy apropiándome de mi territorio de ficción. Al principio tengo muy a mano mi cuaderno de notas, mapas y esquemas. Un buen día, cuando me sitúo en ese relato como en mi propia casa, el cuaderno queda casi olvidado.
—De los tres libros de la saga, ¿cuál fue el más difícil de escribir?
—Puesta a determinar el grado de complejidad de cada una de las partes de la saga me inclino a decir que la última, Los días del fuego, fue la más ardua. Supongo que la explicación está en que era el momento de cerrar muchas historias abiertas, de trabajar sobre dos continentes: Las Tierras Fértiles y Las Tierras Antiguas (este último escenario apenas está mencionado o sugerido en los dos primeros libros). Era el momento de decidir qué personajes y situaciones priorizar y detallar. Y cuáles, en cambio, debían tener el trazo ligero de un esbozo. Ninguna historia épica admite detallar cada uno de los aspectos mencionados. Las posibilidades de seguir contando crecen geométricamente y es tarea del escritor sujetar la mano y decir “hasta aquí”. La construcción se completa en cada lector.

—Su trilogía épico-mágica, inspirada en las leyendas aborígenes de Latinoamérica –bien o mal calificada como literatura juvenil– refleja una hondura filosófica digna de conocida por los jóvenes. ¿La ficción puede transmitir la realidad de una situación mucho mejor que cualquier otro tipo de discurso?
—La ficción es un lenguaje poderosísimo para despertar o ahondar la comprensión de la realidad. Porque emociona, estremece, arrasa defensas y prejuicios. Porque redime. El contenido de un mensaje es esencial, sin duda alguna, ¡pero la forma también! El arte “repone” la realidad desde lo estético y, en ese movimiento, la potencia y la hace trascendente. ¿O es lo mismo la foto familiar de un campo de girasoles que los girasoles, genialmente distorsionados, de Van Gogh? En función literaria, en grado estético, el lenguaje encuentra su máxima potencia de connotación y expresividad. Creo que cuando la verdad y la gracia se reúnen en un texto, su eficiencia se multiplica.

—En los tiempos que corren parecería que leer por placer es un hábito que languidece. ¿Cuál es el desafío, hoy, de la literatura?
—Coincido plenamente en que, en los tiempos que corren, leer por placer es un hábito que languidece. Yo agregaría, para argumentar mi respuesta, que conversar, caminar, observar por placer también son hábitos que languidecen. El concepto de placer ha languidecido o bien se ha mercantilizado. Por eso mismo creo que el gran desafío de la literatura es lograr que quien se sentó a leer un libro por obligación acabe leyéndolo por placer. La diversión, en su sentido de alejamiento de lo cotidiano, es un objetivo esencial para el arte.

—¿Cuáles son sus referentes literarios?
—En cuanto a mis referentes, y hablando específicamente de Saga de Los Confines, tengo que hacer una diferenciación. En lo genérico (fantasía heroica), la deuda principal es con J.R.R. Tolkien y con Ursula K. Le Guin. Sin embargo, si hablamos del lenguaje y de concepción cultural tengo como referente la literatura latinoamericana. Muy especialmente aquella ligada a lo mágico americano: García Márquez, Álvaro Mutis, Jorge Amado, Juan Rulfo, etcétera. Añado que mucho le debo también a mis lecturas de textos antropológicos.

—Apelando a su riqueza narrativa y a los recuerdos de su paso por la enseñanza, ¿cómo expresaría lo que implica ser docente?
—Trabajar sobre el crecimiento, sobre el hombre en crecimiento, es una tarea de la más alta responsabilidad. Inmersos en las grandes dificultades sociales, tratando con el niño y su hambre, con el joven y su desaliento; enfrentados a la tarea de defender el conocimiento frente a un modelo mundial imperante que, en la práctica, lo desautoriza y lo menoscaba, los maestros debemos (voy a permitirme esta inclusión hecha desde el amor), debemos traer de regreso la honra de “ser” contra la soberbia de “poseer”. Debemos traer de regreso la reflexión y la duda contra la abulia y la irreflexión. Los sueños apasionados contra quimeras hollywoodenses, la luz de la diversidad contra los reflectores de las pasarelas. Debemos preparar a nuestros niños para la pelea del pensamiento, porque la opción es la pelea o la esclavitud.

—Recientemente dio a conocer que sus próximos pasos seguirán dentro de la literatura fantástica, tal vez hacia la literatura para adultos, en una indagación sobre la palabra. ¿Sigue en pie esa idea? ¿Podría adelantarnos algo más del nuevo libro?
—En efecto, tengo entre mis proyectos trabajar en una novela que indague en el tema de la palabra y, más especialmente, de la metáfora. No se me escapa la enorme dificultad que presume, al menos para mí, transformar una problemática lingüística y semántica en un texto de ficción. Mucho tendré que estudiar antes de atreverme a darle inicio a esta novela. No descarto, por eso, la posibilidad de trabajar paralelamente en otra novela. Hace apenas unos meses que terminé Saga de Los Confines, de manera que aún estoy en un periodo de idas y vueltas, marchas y contramarchas. Sólo tengo unas pocas certezas: será una novela fantástica, ya no una épica, situada en algún momento histórico de nuestro continente. Alguna vez pensé en Europa medieval pero, apenas me adentré en la idea, comprendí que aquello me es demasiado lejano. Escribir sobre lo que conozco y amo seguirá siendo, por ahora, mi premisa.

Fecha: Marzo de 2005
FUENTE: EDUCAR
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