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jueves, 2 de abril de 2020
miércoles, 1 de abril de 2020
¡ Hola lectores !
Para seguir leyendo durante la cuarentena
☺☺
Aquí una lectura para los más chicos
Cuello duro, de Elsa Bornemann
⇊⇊
https://drive.google.com/file/d/1taUAnOdwTVAILWUq1SsL2vrr-VuxF1rZ/view
y Aquì, otra para los más grandecitos
"Cicatrices", de Marcelo Birmajer
⇊⇊
https://drive.google.com/file/d/1_1-toTP_MHZS44jVEHIh43h1aJGCLuuC/view
Los invitamos a dejar sus comentarios
¡ Que lo disfruten !
viernes, 27 de mayo de 2016
Elsa Bornemann entrevistada por chicos. Revista Compinches, en Revista Imaginaria
La revista Compinches, una publicación de distribución gratuita que circuló durante 10 años (2001-2011) en Argentina y cuyo contenido estaba preparado especialmente para que padres e hijos compartieran la lectura, incluia en cada número una entrevista realizada por niños a una figura de nuestra vida cultural.
Desde los inicios de la publicación, distintos equipos formados por niñas y niños —entrenados y coordinados por las periodistas Gisela Schmidbergy María Laura Efrón— dialogaron con músicos, escritores, actores, artistas plásticos, profesionales de los medios de comunicación, deportistas, historietistas, y otros representantes del quehacer cultural argentino.
Las preguntas de los pequeños periodistas, realizadas con la frescura y espontaneidad propias de la edad, reflejan un intenso trabajo previo de investigación sobre el entrevistado. Estas características hacen de lo charlado y compartido en estos encuentros una opción de lectura gratificante.
A continuación, reproducimos la entrevista a Elsa Bornemann realizada por Luciana Beker publicada en el Nº 1 de la revista Compinches (Buenos Aires, abril de 2001). Imaginaria agradece a Carola Beker y a Sergio Efrón, directores de Compinches, la gentileza y autorización para su reproducción.
Periodistas por un día: Entrevistando a Elsa Bornemann
Entrevistadora: Luciana Beker.
—¿Para qué edad pensás que es Cuentos a salto de canguro?
—Yo no estoy de acuerdo con poner las edades, pero comprendo que las editoriales, los colegios y las librerías necesitan una orientación. O sea, va una mamá y dice: “Tengo un nene de 9 y otro de 12, ¿qué les puedo llevar?”, entonces los libreros se fijan en eso, porque no leen todo lo que venden. Las editoriales lo ponen también con ese propósito. Les parece que va más o menos para esa edad. Pero hay criaturas que lo que está dirigido —suponete— para 12 años lo leen a los 7 y lo entienden perfecto, y al revés, a algunos de 15 les tenés que dar un libro para 5 porque no entienden.
—¿Cuándo les ponés los nombres a los libros?
—A veces se me ocurren antes, porque tienen que ver con lo que va a pasar. Por ejemplo, cuando decidí escribir cuentos de terror, yo pensé: “Si pasa algo que le da miedo, ¿qué dice uno? “¡¡Socorro!!”. Entonces dije: “Ya está, se llamará Socorro“.
—¿La historia de El niño envuelto es de verdad?
—Yo siempre les explico a los chicos que hay una gran diferencia entre la realidad y la ficción. Si yo trabajara absolutamente con la realidad, tendría que ser una excelente periodista, entonces contaría, por ejemplo: “Hoy me encontré con Luciana, a las 18 horas, un día clauroso”. Ahora si yo esto lo quiero contar en un cuento, entonces tengo la libertad de agregarle cosas. Por ejemplo, como sos hija de mellizos puedo poner: “Yo no llegaba por el calor… Luciana estaba allí, pero me di vuelta, y había otra Luciana, y vi venir por la puerta de entrada a otra Luciana…”, como si vos fueras trillizas… y el escritor tiene esa libertad, eso se llama ficción.
En El niño envuelto están mecladas historias mías, historias de los chicos, historias del pibe que viví a en mi casa, que es cierto. Vivía en el tercer piso, y yo desde el quinto le bajaba una canastita con libros, y él me ponía cartitas. Venía mucho a casa, me hice muy amiga de sus papás, eramos compañeritos de alguna manera. Él no se llama Andrés (como el protagonista del cuento). No le puse su nombre porque como ahí aparecían cosas que no tenían que ver con la familia de ellos, me parece que no es correcto.
Todo lo que un escritor escribe, Luciana, está basado en lo que siente, en lo que piensa, en lo que sucede, pero lo puede escribir, porque por eso es escritor, incluso como le hubiera gustado que pase. Incluso, dejando el final abierto, porque aunque los grandes no lo creen, a los chicos les gustan los finales así. Por ejemplo, han pasado tantos años desde que yo escribí que una chica parece que desaparece adentro de un lavarropas. ¡¡Para qué lo habré escrito!! Me lo preguntan siempre…
—¿Vos más o menos cuánto tardás en escribir un cuento?
—Cuando empiezo, muy rápido. Tardo los días anteriores. A veces estoy meses pensando en algo, tomo notitas, pero una vez que lo voy a escribir, lo tengo todo más o menos pensado.
Elsa Bornemann en la frecuencia de los chicos
Entrevistaron: Laura, 10 años, y Dana, 11 años.
Asesoría Periodística: Gisela Schmidberg.
Asesoría Periodística: Gisela Schmidberg.
—Sabemos que sos maestra y doctora en letras. ¿Ejerciste alguna vez?
—Sí, sí, sí. De maestra jardinera, de maestra de escuela primaria, de profesora de secundaria y en la universidad también.
—¿Y doctora?
—Y sí… ¡Curé muchas letras y muchas palabras! (Risas).
—¿Cómo eras con tus alumnos?
—Afortunadamente, me llevaba muy bien. Los chicos me tenían simpatía y yo también a ellos. Es que realmente los seres que más me gustan en la vida son los chicos. Y después de ellos, me gustan mucho también los animales.
—También sabemos que trabajaste como azafata. ¿Cómo fue?
—Yo creía que me iba a encantar ser azafata. Y después que trabajé… ¡no! Pero no porque me diera miedo el avión, sino porque tenía que estar todo el tiempo sirviendo a la gente, atendiendo a todos, asistiendo a las personas que se asustaban… Y yo dije: “Bueno, ya probé, ya está bien”.
—¿Recordás alguna anécdota de esa época?
—Sí, yo decía: “Perdón, voy al baño”, y me metía ahí. En realidad, era porque se me estaba ocurriendo algo para escribir. Me encerraba en el baño y escribía poemas.
—¿Te leían de chiquita?
—Mi papá, sobre todo. Pero ¿ustedes saben? Una risa… Mi papá era alemán; entonces, él me leía en alemán y me decía: “Si prestás mucha atención, lo vas a entender”. Pero como él no me traducía, ¡yo me imaginaba cualquier otra cosa! Y después mi mamá me inventaba cuentos.
—En la dedicatoria del libro Tinke-Tinke escribiste: “A mi mamá, Blancanieves Fernández de Bornemann, que nutrió mi infancia con poesía”.
—Claro, porque también me leía poemas. Yo le llevaba los libros para que ella me los leyera. Tenía cuatro o cinco años y estaba muy desesperada por aprender a leer. Mi mamá me leía mucho, pero mis hermanas, que eran grandes, no. “¡Aprendé a leer!”, me decían. Ahora, ¿vieron que mi mamá se llama Blancanieves? Todos los chicos se ríen cuando voy a los colegios y me dicen: “¿Cómo? ¿Sos una hija de Blancanieves?”
—Y cuando empezaste a leer sola, ¿qué leías?
—Cuentos, novelas y poesía; sobre todo poesía. Existen tantos autores extraordinarios, ¿no? Sobre todo, leo a autores españoles y argentinos, muchísimo. Era y sigo siendo muy lectora. la lectura me encanta y también la radio. La televisión no tanto. Escucho mucha radio de noche, porque yo por la noche duermo poco. Siempre, ¿eh? De chica también.
—Qué otras cosas conservás de cuando eras chica?
—Conservo recuerdos, objetos —como mi muñeca preferida, Pelusita— y características de mi personalidad. Ya desde chica escribía. En la escuela primaria sufrí mucho con las composiciiones, porque cuando tenía ocho o nueve años me llamaban de la dirección y me preguntaban: “¿Cuál de tus hermanas te escribió la redacción?”. Yo no me daba cuenta de si estaba mal o bien escrita; no tenía ni la menor idea, para nada. Entonces, no entendía por qué me sentaban ahí y me decían esas cosas. Después llamaban a mi mamá y ella decía: “No, la escribió ella”. Además, si yo escribía las composiciones en el aula, ¿cómo me las iban a escribir mis hermanas?
—Había Jardín de Infantes cuando vos eras chica?
—Sí, había, pero a mí no me mandaron. El jardín era el fondo de mi casa. A mi papá le gustaban muchísimo los árboles, las plantas; estaba lleno de verde, hermoso. El jardín de mi casa: ése fue mi jardín.
—¿Tenías muchos amigos?
—Siiií. sobre todo, varones. Cuando yo ea chica, en general, las mamás no querían que las nenas estuvieran con amigos varones. Pero en mi casa no pasaba eso. Era, como me decían entonces, varonera. ¿Por qué? Porque íbamos a la plaza, nos trepábamos a los árboles… Me encantaba. con ellos me divertía muchísimo.
—¿Y algún novio?
—Tuve candidatos hacia mí. Había uno, que era hijo de un ucraniano y una gallega, que vivía a la vuelta de casa. Tenía un año más que yo y desde los ocho se había enamorado de mí. El papá, cuando me veía, me decía con su acento ucraniano: “Ahí vino mi nuegga, ahí vino mi nuegga“. No sé, el otro se obsesionó y me dijo: “Estoy enamorado de vos” con su vocecita de ocho años. Y yo le contesté: “¡Pero yo no!”. Bueno, entonces, ¿saben lo que hacía? Pasaba dos o tres veces por semana por la puerta de mi casa con un rebenque en la mano y gritaba: “Elsy, si no aceptás ser mi novia, vas a ver lo que hago!”, y golpeaba el rebenque contra el cordón de la vereda. No nos hemos vuelto a ver desde hace mil años, pero me sigue llamando de vez en cuando para ver cómo estoy… El primer noviecito lo tuve a los catorce años; nos tocábamos de lejos con los deditos… no era como ahora…
—¿Cómo eran los chicos de antes?
—Y… quizá vivíamos una época más sana. Por ejemplo —ojo que esto que voy a decir es una generalización—, a mí me asusta muchísimo que los chicos (y digo chicos porque a los doce, trece, catorce son todavía chicos, ¿no?) tomen alcohol y droga. Acá cerquita de mi casa hay un boliche, y la madrugada del sábado, del domingo y el lunes es un bochinche impresionante, a las seis o siete de la mañana. Yo salgo al balcón, los veo y son chicos chiquitos. Y eso no pasaba antes.
—¿Por qué quisiste ser escritora?
—Porque me encantaban los libros. Y después, hay cosas que uno no sabe exactamente por qué, pero quizás hasta el día de hoy tengo ciertos problemas para comunicarme hablando y no para hacerlo escribiendo. Por ejemplo, a mí no me gusta el teléfono.
—¿Por qué?
—¡Ustedes no fueron telefonistas de chica! Mi papá era relojero campanero y tenía el taller en el fondo de mi casa. Entonces, lo llamaban de muchos lados por trabajos y él me pedía a mí que atendiera el teléfono. Por otro lado, mi hermana mayor ya tenía sus noviecitos y me decía: “Atendé y decí que no estoy”. La otra, lo mismo. Entonces, yo estaba harta de atender el teléfono. Por eso me encantó cuando salió la computadora, aunque yo —copiando a Rolando Hanglin, que habla de la Organización de Sufrimiento Argentino— llamo a mi computadora la OSA, porque hay días en que no anda nada. Un desastre, ¿no? Pero me encanta mandar y recibir mails… Y lo que extraño son las cartas escritas a mano que le llegaban a uno antes, con la letrita de cada uno de los amigos… en la que uno los podía reconocer.
—Por qué pensás que tantos chicos te escriben?
—Supongo —aunque yo no tengo la explicación, porque sinceramente no la tengo— que porque les gusta lo que escribo. Como a mí me hubiera gustado escribirle a Lewis Carroll, el autor de Alicia en el País de las Maravillas, y a tantos otros autores que ya cuando yo era chica no existían, ¿no? Estaban los libros. Había pocos autores en la Argentina que escribían para chicos, hasta que apareció la extraordinaria María Elena Walsh. Y después yo empecé escribiendo para chicos pero sobre temas de los que no se escribían acá, como el terror o el amor. Y tuve algunos problemas.
—¿Cuáles?
—Con el libro Un elefante ocupa mucho espacio, fui prohibida en el año 1977. El año anterior había recibido un premio internacional muy importante y supongo que a alguna gente le dio envidia. No creo que el general Videla (N. de la R.: primer presidente de la dictadura militar que comenzó en 1976 y durá hasta 1983) lo haya leído, ¡para nada! Pero lo prohibieron diciendo que era izquierdista, y no era para nada así. Pronto, si Dios quiere, se va a hacer una versión teatral de ese libro. Cuando me prohibieron eran momentos muy tremendos, en los que desaparecía la gente… y me acuerdo de que mi padre me dijo: “Andate a vivir a Europa. No te quedes acá porque esto es muy peligroso”. Pero yo, sinceramente si me hubiera ido, me habría muerto de tristeza, sola y por esa causa… entonces, me quedé acá.
—¿Tenés una receta para que tus libros les gusten a los chicos?
—No, no, para nada. Escribo lo que siento que me gustaría leer si yo fuera chica. A mí me hubiera gustado leer poemas de amor.
—Cuando estás haciendo cualquier otra cosa, ¿se te ocurren ideas pra escribir?
—Sí. De noche… ¡no saben cuántas veces prendo una linterna chiquita para no despertar a mi marido! Tengo papelitos al lado de la cama y de pronto se me ocurre algo y lo anoto, porque después se me puede ir, se me puede volar. Sí, siempre ando con papeles y la birome para anotar cosas.. Si se me ocurre algo, ¡pic!, lo agarro.
—¿Qué cosas de la realidad te llaman la atención?
—Sobre todo, me llama la atención que desde el principio del mundo los seres humnanos no son pacíficos. Eso me pone muy mal, porque la violencia no empezó ahora. Si ustedes leen historia, la violencia, la envidia, todas esas cosas, estuvieron desde el principio de los tiempos. Eso me llama muchísimo la atención.
—¿Qué cosas te hacen reír?
—Ah, muuuuchas. Empezando por casa, mis perritas porque parecen dos nenas. Y arman un lío… Desde las seis de la mañana quieren jugar: para aquí, para allá, para aquí, para allá, para aquí, para allá… Y después me gustan y divierten mucho los chistes de Fontanarrosa, Nik, los dibujos de Sábat.
—¿Qué se puede hacer con un chico al que no le gusta leer? ¿Hay que hacer algo?
—En general, el chico al que no le gusta leer es porque en la casa nadie lee. No ve a su mamá o a su papá leyendo con placer… Después estaría la escuela: que haya un maestro, una maestra, un profesor, una profesora que les transmitan a los chicos: “¡No saben lo que se pierden!”. Y que les lean algo… les cuenten… Pero, si no sucede, es muy difícil que un chico disfrute de leer.
—¿Por qué un libro o un autor se convierten en “clásicos”?
—Porque le gusta a una generación, y después a otra, a otra y a otra. Si pasan varias generaciones —muuuuuchos años— y se sigue leyendo, es un clásico.
—¿Qué es lo que tiene que pasar para que eso suceda?
—¡Ah… qué intriga tengo… no sé!
—¿Leés tus libros?
—Sí, antes de publicarlos, sí. Los leo para corregirlos, recorregirlos, ver si repetí palabras… Pero no después de publicados. Sería como rascarse el ombligo, ¿no?
Elsa Bornemann y las 5 preguntas con vueltas
1) ¿Cuál era tu juego favorito?
Jugar con las muñecas, andar en bicicleta, caminar, jugar a la escondida. Después, jugar al ludo, al ta-te-ti, a todo ese tipo de juegos.
¿Y cuál, el que menos te gustaba?
El truco, porque nunca lo aprendí.
2) ¿Qué es lo que más te gustaba del colegio?
Encontrarme con mis compañeras.
¿Y lo que menos te gustaba?
Los exámenes de matemáticas. Pero, ojo, ¿eh? Siempre salía bien. Sin embargo, era un esfuerzo… porque no me gustaba para nada…
3) ¿Qué te asustaba?
Por supuesto, perder a los seres queridos. Otra cosa, la verdad no me acuerdo.
¿Frente a qué te sentías valiente?
Y… para cuidar a mis animalitos, siempre. Y también cuando mi papá tuvo que viajar a Europa por trabajo. Se fue por siete meses y se quedó por siete años por problemas económicos. Lo extrañé muchísimo, como se imaginarán. Me hacía sentir valiente ayudar a mi mamá para que se sintiera mejor.
4) ¿Por qué “macanas” te retaban?
Me retaban, como a todos los chicos… Mi mamá salía a la puerta y me decía: “¡Nenaaaa, vení a tomar la lecheeeee!” porque yo seguía y seguía jugando…
¿Por qué cosas te felicitaban?
Mi familia no era muy felicitadora. Pero siempre sentí mucho afecto de mis padres y de mi familia y de vecinos queridos, o sea que no me puedo quejar.
5) ¿Qué era lo que más te gustaba cuando ibas a la casa de tus abuelos?
Únicamente llegué a conocer a mi abuelo materno, que era español y vivía en Lomas de Zamora. Me gustaban los animalitos que tenía y que me regaló una gallinita pigmea. Era chiquitita, blanca y se llamaba Coquita. Vivió como once años. Venía, entendía palabras.. era muy graciosa, una cosa increíble.
¿Y lo que menos te gustaba?
La esposa con la que se había casado mi abuelo, porque era antipática y tenía celos, ¡seguro!, de nosotros.
FUENTE: imaginaria
NOTA: LA REVISTA IMAGINARIA ES UNA EXCELENTE PUBLICACIÓN DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL
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martes, 16 de julio de 2013
SEMANA DE LA LECTURA 2013. 1º LECTUCHINO. 4º grado leyó el Cuento "Mil grullas" de Elsa Bornemann
Los alumnos de 4º "A" de la Srta Jorgelina Mobilio leyeron el cuento "Mil grullas" de Elsa Bornemann para toda la escuela en el TM. También contaron qué son las grullas.

BORNEMANN, Elsa. Mil grullas
Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos. Porque ellos eran nuevos en el mundo. Tambíen, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Naomi y Toshiro no entendían muy bien qué era lo que estaba pasando. Desde que ambos recordaban, sus pequeñas vidas en la ciudad japonesa de Hiroshima se habían desarrollado del mismo modo: en un clima de sobresaltos, entre adultos callados y tristes, compartiendo con ellos los escasos granos de arroz que flotaban en la sopa diaria y el miedo que apretaba las reuniones familiares de cada anochecer en torno a la noticia de la radio, que hablaban de luchas y muerte por todas partes. Sin embargo, creían que el mundo era nuevo y esperaban ansiosos cada día para descubrirlo. ¡Ah... y también se estaban descubriendo uno al otro! Se contemplaban de reojo durante la caminata hacia la escuela, cuando suponían que sus miradas levantaban murallas y nadie más que ellos podían transitar ese imaginario senderito de ojos a ojos. Apenas si habían intercambiado algunas frases. El afecto de los dos no buscaba las palabras. Estaban tan acostumbrados al silencio... Pero Naomi sabía que quería a ese muchachito delgado, que más de una vez se quedaba sin almorzar por darle a ella la ración de batatas que había traído de su casa. -No tengo hambre —le mentía Toshiro, cuando veía que la niña apenas si tenía dos o tres galletitas para pasar el mediodía—. Te dejo mi vianda —y se iba a corretear con sus compañeros hasta la hora de regreso a las aulas, para que Naomi no tuviera vergüenza de devorar la ración. Naomi... Poblaba el corazón de Toshiro. Se le anudaba en los sueños con sus largas trenzas negras. Le hacía tener ganas de crecer de golpe para poder casarse con ella. Pero ese futuro quedaba tan lejos aún... El futuro inmediato de aquella primavera de 1945 fue el verano, que llegó puntualmente el 21 de junio y anunció lasvacaciones escolares. Y con la misma intensidad con que otras veces habían esperado sus soleadas mañanas, ese año los ensombreció a los dos: ni Naomi ni Toshiro deseaban que empezara. Su comienzo significaba que tendrían que dejar de verse durante un mes y medio inacabable. A pesar de que sus casas no quedaban demasiado lejos una de la otra, sus familias no se conocían. Ni siquiera tenían entonces la posibilidad de encontrarse en alguna visita. Había que esperar pacientemente la reanudación de las clases. Acabó junio, y Toshiro arrancó contento la hoja del almanaque... Se fue julio, y Naomi arrancó contenta la hoja del almanaque... Y aunque no lo supieran: ¡Por fin llegó agosto! —pensaron los dos al mismo tiempo. Miyashima: pequeña isla situada en las proximidades de la ciudad de Hiroshima Fue justamente el primero de ese mes cuando Toshiro viajó, junto a sus padres, hacia la aldea de Miyashima. Iban a pasar una semana. Allí vivían los abuelos, dos ceramistas que veían apilarse vasijas en todos los rincones de su local. Ya no vendían nada. No obstante, sus manos viejas seguían modelando la arcilla con la misma dedicación de otras épocas, -Para cuando termine la guerra... —decía el abuelo—. Todo acaba algún día... —comentaba la abuela por lo bajo. Y Toshiro sentía que la paz debía de ser algo muy hermoso, porque los ojos de su madre parecían aclararse fugazmente cada vez que se referían al fin de la guerra, tal como a él se le aclaraban los suyos cuando recordaba a Naomi. ¿Y Naomi? El primero de agosto se despertó inquieta; acababa de soñar que caminaba sobre la nieve. Sola. Descalza. Ni casas ni árboles a su alrededor. Un desierto helado y ella atravesándolo. Tatami: estera que se coloca sobre pisos, en las casas japonesas tradicionales Abandonó el tatami, se deslizó de puntillas entre sus dormidos hermanos y abrió la ventana de la habitación. ¡Qué alivio! Una cálida madrugada le rozó las mejillas. Ella le devolvió un suspiro. Haiku: breve poema de diecisiete sílabas, típico de la poesía japonesa. El dos y el tres de agosto escribió, trabajosamente, sus primeros haikus: Lento se apaga El verano Enciendo Lámpara y sonrisas. Pronto Florecerán los crisantemos.
Espera,Corazón. Después, achicó en rollitos ambos papeles y los guardó dentro de una cajita de laca en la que escondía sus pequeños tesoros de la curiosidad de sus hermanos. El cuatro y el cinco de agosto se lo pasó ayudando a su madre y a las tías ¡Era tanta la ropa para remendar! Sin embargo, esa tarea no le disgustaba. Naomi siempre sabía hallar el modo de convertir en un juego entretenido lo que acaso resultaba aburridísimo para otras chicas. Cuando cosía, por ejemplo, imaginaba que cada doscientas veintidós puntadas podía sujetar un deseo para que se cumpliese. La aguja iba y venía, laboriosa. Así, quedó en el pantalón de su hermano menor el ruego de que finalizara enseguida esa espantosa guerra, y en los puños de la cmisa de su papá, el pedido de que Toshiro no la olvidara nunca... Y los dos deseos se cumplieron. Pero el mundo tenía sus propios planes... Ocho de la mañana del seis de agosto en el cielo de Hiroshima. Obi: faja que acompaña al kimono. Kimono: vestimenta tradicional japonesa, de amplias mangas, largas hasta los pies y que se cruza por delante, sujetándose con una especie de faja llamada obi. Naomi se ajusta el obi de su kimono y recuerda a su amigo: -¿Qué estará haciendo ahora? "Ahora", Toshiro Pesca en la isla mientras se pregunta: -¿Qué estará haciendo Naomi? En el mismo momento, un avión enemigo sobrevuela el cielo de Hiroshima. En el avión, hombres blancos que pulsan botones y la bomba atómica surca por primera vez un cielo. El cielo de Hiroshima. Un repentino resplandor ilumina extrañamente la ciudad. En ella, una mamá amamanta a su hijo por última vez. Dos viejos trenzan bambúes por última vez. Verso de una popular canción infantil japonesa. Una docena de chicos canturrea: "Donguri-Koro Koro- Donguri Ko..." por última vez. Cientos de mujeres repiten sus gestos habituales por última vez. Miles de hombres piensan en mañana por última vez. Naomi sale para hacer unos mandados. Silenciosa explota la bomba. Hierven, de repente, las aguas del río. Y medio millón de japoneses, medio millón de seres humanos, se desintegran esa mañana. Y con ellos desaparecen edificios, árboles, calles, animales, puentes y el pasado de Hiroshima. Ya ninguno de los sobrevivientes podrán volver a reflejarse en el mismo espejo, ni abrir nuevamente la puerta de su casa, ni retomar ningún camino querido. Nadie será ya quien era. Hiroshima arrasada por un hongo atómico. Hiroshima es el sol, ese seis de agosto de 1945. Un sol estallando. Recién en diciembre logró Toshiro averiguar donde estaba Naomi. ¡Y que aún estaba viva, Dios! Ella y su familia, internados en el hospital ubicado en una localidad próxima a Hiroshima, como tantos otros cientos de miles que también habían sobrevivido al horror, aunque el horror estuviera ahora instalado dentro de ellos, en su misma sangre. Y hacia ese hospital marchó Toshiro una mañana. El invierno se insinuaba ya en el aire y el muchacho no sabía si era frío exterior o su pensamiento lo que le hacía tiritar. Naomi se hallaba en una cama situada junto a la ventana. De cara al techo. Ya no tenía sus trenzas. Apenas una tenue pelusita oscura. Sobre su mesa de luz, unas cuantas grullas de papel desparramadas. -Voy a morirme, Toshiro... —susurró. No bien su amigo se paró, en silencio, al lado de su cama—. Nunca llegaré a plegar las mil grullas que me hacen falta... Semba-Tsuru (Mil grullas): Una creencia popular japonesa, asegura que haciendo mil de esas aves –según enseña a realizarlo el origami (nombre del sistema de plegado de papel)– se logra alcanzar la larga vida y felicidad. Mil grullas... o "Semba-Tsuru", como se dice en japonés. Con el corazón encogido, Toshiro contó las que se hallaban dispersas sobre la mesita. Sólo veinte. Después, las juntó cuidadosamente antes de guardarlas en un bolsillo de su chaqueta. -Te vas a curar, Naomi —le dijo entonces, pero su amiga no le oía ya: se había quedado dormida.
El muchachito salió del hospital, bebiéndose las lágrimas. Ni la madre, ni el padre, ni los tíos de Toshiro (en cuya casa se encontraban temporariamente alojados) entendieron aquella noche el porqué de la misteriosa desaparición de casi todos los papeles que, hasta ese día, había habido allí. Hojas de diario, pedazos de papel para envolver, viejos cuadernos y hasta algunos libros parecían haberse esfumado mágicamente. Pero ya era tarde para preguntar. Todos los mayores se durmieron, sorprendidos. En la habitación que compartía con sus primos, Toshiro velaba entre las sombras. Esperó hasta que tuvo la certeza de que nadie más que él continuaba despierto. Entonces, se incorporó con sigilo y abrió el armario donde se solían acomodar las mantas. Mordiéndose la punta de la lengua, extrajo la pila de papeles que había recolectado en secreto y volvió a su lecho. La tijera la llevaba oculta entre sus ropas. Y así, en el silencio y la oscuridad de aquellas horas, Toshiro recortó primero novecientos ochenta cuadraditos y luego los plegó, uno por uno hasta completar las mil grullas que ansiaba Naomi, tras sumarles las que ella misma había hecho. Ya amanecía, el muchacho se encontraba pasando hilos a través de las siluetas de papel. Separó en grupos de diez las frágiles grullas del milagro y las aprestó para que imitaran el vuelo, suspendidas como estaban de un leve hilo de coser, una encima de la otra. Furoshiki: tela cuadrangular que se usa para formar una bolsa, atándola por sus cuatro puntas después de colocar el contenido Con los dedos paspados y el corazón temblando, Toshiro colocó las cien tiras dentro de su furoshiki y partió rumbo al hospital antes de que su familia se despertara. Por esa única vez, tomó sin pedir permiso la bicicleta de sus primos. No había tiempo que perder. Imposible recorrer a pie, como el día anterior, los kilómetros que lo separaban del hospital. La vida de Naomi dependía de esas grullas. -Prohibidas las visitas a esta hora —le dijo una enfermera, impidiéndole el acceso a la enorme sala en uno de cuyos extremos estaba la cama de su querida amiga. Toshiro insistió: -Sólo quiero colgar estas grullas sobre su lecho, Por favor... Ningún gesto denunció la emoción de la enfermera cuando el chico le mostró las avecitas de papel. Con la misma aparentemente impasililidad con que momentos antes le había cerrado el paso, se hizo a un lado y le permitió que entrara: -Pero cinco minutos, ¿eh? Naomi dormía. Tratando de no hacer el mínimo ruidito, Toshiro puso una silla sobre la mesa de luz y luego se subió. Tuvo que estirarse a más no poder para alcanzar el cielorraso. Pero lo alcanzó. Y en un rato estaban las mil grullas pendiendo del techo; los cien hilos entrelazados, firmemente sujetos con alfileres. Fue al bajarse de su improvisada escalera cuando advirtió que Naomi lo estaba observando. Tenía la cabecita echada hacia un lado y una sonrisa en los ojos. Tosi-can: diminutivo de Toshiro -Son hermosas, Tosí-can... Gracias... -Hay un millar. Son tuyas, Naomi. Tuyas —y el muchacho abandonó la sala sin darse vuelta. En la luminosidad del mediodía que ahora ocupaba todo el recinto, mil grullas empezaron a balancearse impulsadas por el viento que la enfermera también dejó colar, al entreabrir por unos instantes la ventana. Los ojos de Naomi seguían sonriendo. La niña murió al día siguiente. Un ángel a la intemperie frente a la impiedad de los adultos. ¿Cómo podían mil frágiles avecitas de papel vencer el horror instalado en su sangre? Febrero de 1976. Toshiro Ueda cumplió cuarenta y dos años y vive en Inglaterra. Se casó, tiene tres hijos y es gerente de sucursal de un banco establecido en Londres. Serio y poco comunicativo como es, ninguno de sus empleados se atreve a preguntarle por qué, entre el aluvión de papeles con importantes informes y mensajes telegráficos que habitualmente se juntan sobre su escritorio, siempre se encuentran algunas grullas de origami dispersas al azar. Grullas seguramente hechas por él, pero en algún momento en que nadie consigue sorprenderlo. Grullas desplegando alas en las que se descubren las cifras de las máquina de calcular. Grullas surgidas de servilletas con impresos de los más sofisticados restaurantes... Grullas y más grullas. Y los empleados comentan, divertidos, que el gerente debe de creer en aquella superstición japonesa.
-Algún día completará las mil... —cuchicheaban entre risas— ¿Se animará entonces a colgarlas sobre su escritorio? Ninguno sospechaba, siquiera, la entrañable relación que esas grullas tienen con la perdida Hiroshima de su niñez. Con su perdido amor primero.
Mil grullas —originalmente incluido dentro de la antología No somos irrompibles (1981)— narra una conmovedora historia de amor en torno a las secuelas de la bomba atómica caída en Hiroshima (Japón) el 6 de enero de 1945. Quizás en este relato Bornemann haya logrado conjugar en su punto más alto su compromiso estético y el mensaje humanista.(educ.ar)
Elsa Bornemann (1952-2013)
¿Qué es una grulla?
Las grullas son aves de espacios abiertos. Se desplazan dando zancadas con sus largas patas y recogen semillas e insectos con sus largos picos. Viven en bandadas y muchas de ellas recorren largas distancias para criar. Las distintas variedades de grullas tienen en común que se emparejan de por vida. Son muy fieles.
¿Por qué un grulla?
Para los japoneses la grulla es el símbolo de la paz, como para nosotros lo es la paloma blanca. Para los japoneses la grulla además de paz, significa salud.
viernes, 5 de julio de 2013
Elsa Bornemann (1952-2013): la escritora que les hablaba a los chicos
Mucho antes de que un libro de literatura infantil como la saga de Harry Potter llegara a convertirse en un suceso editorial internacional, en Iberoamérica, Elsa Bornemann alcanzaba cifras de venta sin precedentes en el género. Muchos niños, nacidos en los años setenta, se iniciaron en la lectura a través de sus libros. Es una de las escritoras más difundidas en el campo de la literatura infantil y juvenil argentina.
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Por Mónica Klibanski
Una escritora precoz
Elsa nació el 20 de febrero de 1952, en el barrio de Parque de los Patricios, en la ciudad de Buenos Aires. Hija de Blanca Nieves Fernández —nombre sin duda premonitorio—, una argentina descendiente de portugueses y españoles, y de Wilhelm Karl Henri Bornemann, un alemán, de profesión relojero, experto en relojes de torres y campanarios. Era la más pequeña de tres hermanas: Hilda, Margarita y Elsy, como la conocían los íntimos. La lectura fue fundamental en su infancia. «En mi casa podían faltar muchas cosas, pero libros, no», confesó en una entrevista. «Mamá y papá leían mucho. Mi mamá tenía los libros que no se podían leer forrados de blanco y, cada vez que me quedaba sola, me iba corriendo a buscar uno de los blancos. Así leí el libro El matrimonio perfecto; Ana Karenina», contó la autora en otro extenso reportaje.En la Escuela Normal Superior N.° 11 Dr. Ricardo Levene, muy cerca de la Maternidad Sardá, donde había nacido, se recibió de maestra. Más tarde egresó de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) con el título de profesora en Letras. Desde muy temprana edad supo que quería ser escritora. No bien empezó a cursar estudios universitarios —la literatura infantil y juvenil como un campo cultural y los libros para niños como bienes de consumo eran incipientes, marginales y menospreciados—, tuvo claro que el destinatario de sus creaciones literarias serían los chicos, esos «lectorcitos» o «amorcitos», como ella solía llamarlos en sus característicos prólogos. Ella fundó una manera muy estrecha de acercarse a sus lectores.
A los dieciocho años publicó Tinke-tinke, su primer libro de poemas o versicuentos, según su propia denominación. Este poemario lo había escrito a los 14 o 15 años. La conocida periodista Paloma Efrom (Blackie) elogió en su programa radial con tanto entusiasmo a la novel y joven escritora que enseguida se agotó la primera edición del libro. Un año más tarde, en 1971, publicó El espejo distraído, otro libro de poesías para niños que en 1972 mereció la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores. Luego lanzó infinidad de cuentos que inmediatamente fueron bien recibidos y se volvieron clásicos dentro del repertorio de las maestras jardineras a la hora del cuento. Basta mencionar algunos títulos: «Cuento con caricia», «Cuello duro», «El cumpleaños de Lisandro», «Sobre la falda», «Una trenza tan larga...» y muchos más que seguramente están en la memoria de alumnos y docentes.
Poemas y cuentos infantiles ocupan mucho espacio
En 1975 se publicó la primera edición de Un elefante ocupa mucho espacio, una antología de cuentos incluida en 1976 en la Lista de Honor del Premio Hans Christian Andersen, elaborada por International Board on Books for Young People (IBBY), una de la más prestigiosas instituciones abocadas a promover la circulación de libros infantiles de calidad por todo el mundo. Un año después, ese libro fue prohibido en la Argentina por el gobierno de facto. El decreto 3155/1977 del Poder Ejecutivo Nacional a cargo de la Junta Militar argüía: «se trata de cuentos destinados al público infantil con una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria para la tarea de captación ideológica del accionar subversivo» y que «de su análisis surge una posición que agravia a la moral, a la familia, al ser humano y a la sociedad que éste compone». Más adelante, finalizada la dictadura, la autora tuvo acceso, a través de la Cámara del Libro, al sumario completo en el que se recomendaba la censura de su libro. El cuento que daba título a esta antología narraba la historia de un grupo de animales que decide realizar una huelga porque se resistían a vivir encerrados dentro de un circo. En ese contexto histórico era inevitable relacionar lo que acontecía en el entorno con el contenido alegórico de lo narrado. El informe, elaborado por un grupo de escritoras argentinas, no solamente tildaba de subversivo a este relato, también se hacía un minucioso análisis de cada uno de los quince cuentos. Recién con el retorno de la democracia, en 1984, se pudo volver a publicar esta obra. Todos los relatos que componen el libro, protagonizados por personajes con algún rasgo por fuera de lo establecido, funcionan como parábolas de la libertad, de la amistad, de la solidaridad y de la justicia.
En esa misma época, Bornemann dirigió la colección Pétalos, de la Editorial Latina, que, según ella explicaba, se proponía difundir buena poesía para chicos, aunque el autor no la hubiera escrito expresamente para ellos. Se trataba de libros en formato pequeño, que contenían una selección de diez poemas del autor, en los que había un cuidado ex profeso de la relación entre las imágenes y los textos. Para esa tarea convocó a los artistas plásticos Alba Ponce y Guido Bruveris. Entre los poetas seleccionados por Bornemannfiguraban: María Elena Walsh, Fryda Schultz de Mantovani, María Hortensia Lacau, Pedro J. Vignale, Rafael Alberti, Federico García Lorca y José Sebastián Tallón.
Un elefante ocupa mucho espacio no fue el único libro escrito por ella que provocó reparos e incomodidad por parte de los adultos. Originalmente publicado en 1977, El libro de los chicos enamorados, dedicado a Gregory Peck: un ícono del cine romántico hollywoodense de los años cincuenta y sesenta, fue acusado de hablarle a los chicos del amor, de las relaciones de pareja, de la congoja y el desconsuelo, en una etapa de la vida —la infancia— en la que no estaba bien visto cederle paso a una emocionalidad sensiblera, ni estaba permitido cargar a las palabras de sensualidad. La temática del libro pretendía romper con lo que masivamente se consideraba infantil. Años más tarde, como consecuencia del éxito alcanzado, Bornemann publicaría otros títulos que abrevaban en asuntos del corazón: No somos irrompibles (12 cuentos de chicos enamorados) yCorazonadas (El libro II de los chicos enamorados), que aparecieron en 1981 y 1992 respectivamente. Y finalmente, en el año 2003, llegaría Amorcitos sub-14.
«De la larga sogavoy a colgar mi tristeza;guirnalda del patioque ya el viento besa.Trapito de penaentre medias y camisas,mi retazo de alma
que ondeará la brisa». (...)Porque no estás, «El libro de los chicos enamorados», de Elsa Bornemann, ilustrado porPaula Socolovsky. Editorial Alfaguara, 2004.
En 1981 publicó Niño envuelto, trama en la que Bornemann se metía con otro tema considerado tabú para la infancia. Andrés, su protagonista, narraba sus vivencias infantiles en primera persona, y la curiosidad acerca de su llegada al mundo tenía una marcada relevancia. Poco a poco el narrador infantil va desmontando las falaces explicaciones que le brindan los adultos sobre su nacimiento. Hasta que finalmente obtiene una bastante fiel a la realidad. En ese tiempo la educación sexual era una asignatura pendiente todavía, que avanzaba tibiamente estimulada por el estallido y el destape posdictadura.
Mil grullas —originalmente incluido dentro de la antología No somos irrompibles (1981)— narra una conmovedora historia de amor en torno a las secuelas de la bomba atómica caída en Hiroshima (Japón) el 6 de enero de 1945. Quizás en este relato Bornemann haya logrado conjugar en su punto más alto su compromiso estético y el mensaje humanista.
«Naomi Watanabe y Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos. Porque ellos eran nuevos en el mundo. También, como todos los chicos. Pero el mundo ya era viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra».«Mil grullas», de Elsa Bornemann, ilustrado por María Jesús Álvarez. Editorial Alfaguara, 2011.
Narrar el terror
Restituida en nuestro país la democracia, en un escenario de gran optimismo cultural y político, el nombre deBornemann junto al de otros destacados autores incidió enormemente para darle impulso y visibilidad a una literatura infantil y juvenil que revalorizaba a los chicos como sujetos lectores de obras literarias.
En 1988 la editorial REI le encargó que escribiera un libro de cuentos de terror para niños. Bornemannaceptó el desafío y publicó ¡Socorro! Doce cuentos para caerse de miedo. La repercusión y la respuesta de los chicos fue inmediata. ¿Qué lector iba a poder resistirse a ese pedido de auxilio que lo interpelaba desde la seductora portada en la que aparecía en primer plano la deforme imagen de Frankenstein, con el título y el nombre de la autora en letras tenebrosamente rojas? Pronto los medios masivos se hicieron eco del fenómeno. Los diarios llenaban páginas completas con declaraciones de psicólogos, escritores, editores, pedagogos, especialistas a favor y en contra de esta clase de literatura. ¿Qué daños podía causar a los niños la lectura de los libros de miedo? ¿Cuál era el límite de lo permitido en materia de relatos macabros y siniestros? Se desataron sesudas polémicas mientras ¡Socorro! sumaba reediciones sin parar y los chicos leían con fruición los cuentos que formaban parte del libro.
Bornemann se alejaba del tono alegórico, disparatado y poético de sus obras anteriores para crear relatos escalofriantes. En algunos casos se trataba de recreaciones de cuentos folclóricos y otros de su propia invención. Por entonces la preferencia de los chicos por este tipo de historias recién comenzaba a perfilarse. Y los editores, ni lerdos ni perezosos, salieron a buscar autores de renombre, respetados por el público, para expandir y replicar el bum inaugurado por Bornemann. Surgieron colecciones de libros enteras especialmente dedicadas al género, que se nutrieron con el aporte de diferentes autores, algunos de cuales exploraron variantes como ser el terror atravesado por humor.
La mayoría de las biografías no olvidan mencionar la repudiable censura que en tiempos de dictadura recayó sobre Un elefante ocupa mucho espacio. Tampoco puede obviarse el hecho de que Elsa Bornemann, en 1991, publicó un cuento que de manera bastante evidente se refería a las víctimas del terrorismo de Estado —cuando todavía era un tema poco frecuentado en la literatura para chicos (y en la destinada a los adultos también)—. Se trataba de «Los desmaravilladores». Contaba la historia de una niña, hija de desaparecidos, a la que le restituyen su identidad y la ayudan a reencontrarse con su familia biológica.
«Decenas, cientos, miles de personas fueron como evaporadas... Miles y miles de las que sus familiares no volvieron a tener noticias ni —en muchísimos casos— a enteresarse del porqué de sus desapariciones.
Como aspirados por una perfecta máquina de volatizar. Niños y bebés también».
Los desmaravilladores, en «Los desmaravilladores: cuentos de amor, humor y temor», de Elsa Bornemann, ilustrado por Diego Bianchi. Editorial Alfaguara, 1991.
El modo peculiar de ficcionalizar y abordar el tema que eligió la autora tuvo admiradores que ponderaban la valentía y la innovación de este cuento, pero también tuvo detractores que cuestionaban si era adecuado contarles a los chicos una historia referida a asuntos demasiado complejos, dolorosos y de difícil comprensión. Otros criticaban el tono maniqueo y didáctico del relato, así como la versión de los hechos que Bornemannpresentaba al lector infantil.
La cercanía con el lector
Elsa Bornemann fomentó y construyó siempre una fuerte empatía y conexión con sus lectores tanto a partir de la retórica de sus textos como también en el contacto personal con su público. Ese acercamiento le valió algunos cuestionamientos de la crítica. Sin embargo, esto no hizo mella entre sus seguidores. Recibía abundante correspondencia de sus lectores, cartas en las que ellos le confesaban sus más íntimos sentimientos y pensamientos. Filas interminables de niños esperaban obtener su autógrafo en la Feria del Libro de Buenos Aires. Ella atendía a cada uno con respeto, paciencia y ternura, sin perder la sonrisa. En varias ocasiones llegó a quedarse después de la hora de cierre de la exposición para que ninguno de sus admiradores se fuera a casa sin su libro dedicado por ella.«Estoy segura de que —mientras vayas leyendo los textos— verás proyectarse —en la pantalla de cine privada que es tu mente— una variada cantidad de engendros y serás espectador/a de las cosas que sucedan entre ellos, así como cuando yo los estaba escribiendo. (¿Se te presentarán bajo la misma apariencia que a mí? ¿Serán similares los escenarios sobre los que los veas moverse? ¡Qué intriga!)».
Invitación, en «Socorro Diez (libro pesadillesco)», de Elsa Bornemann. Colección Torre de papel. Grupo Editorial Norma, 1997.
Sus recurrentes apelaciones a los destinarios infantiles de sus historias; las explícitas dedicatorias; los juegos con las voces narrativas; sus prólogos y epílogos, firmados simplemente con su nombre de pila, con su nombre completo, o valiéndose de diversos heterónimos —incluyendo nombres de famosos personajes, el propio libro personificado o nombres inventados— de distintas maneras potenciaron la aparición de dos preguntas medulares para todo lector de literatura, sobre todo si son niños: ¿quién habla en un texto? y ¿cuán verosímil es un relato? Saber si lo narrado ocurrió en la realidad o es puro artificio es una curiosidad infantil muy frecuente, sobre la que Bornemann no se mostraba indiferente.
Hasta los primeros años de la última década Bornemann mantuvo una intensa agenda, visitaba escuelas y participaba en las presentaciones de sus libros. Pero ya hacía varios años que se había retirado de la vida pública. Sin embargo, sus libros continuaron propagándose y conquistando lectores.Posiblemente con Elsa Bornemann se instala y populariza la figura del autor, la idea de que los libros para niños son productos culturales fruto del trabajo creativo de un escritor. Sus libros circularon ampliamente en la escuela, pero también encontró numerosos lectores fuera del ámbito escolar.
La fama ganada por Bornemann quizás haya eclipsado el hecho de que sus obras han sido ilustradas por grandes maestros del lápiz y el pincel: Ayax Barnes, Guido Bruveris, Juan Marchesi, Cristina Brusca, Carlos Nine, O'Kif, entre otros ilustres dibujantes. María Fernanda Maquieira, que estuvo por más de 15 años detrás de la edición de los libros de Bornemann en la Editorial Alfaguara, recordó hace unos días en un matutino, que la autora: «Siempre fue muy participativa: le gustaba ver las ilustraciones, elegir durante la edición, pero siempre con mucho respeto. Y siempre su mirada estuvo puesta en los chicos».
Elsa Bornemann recibió innumerables distinciones: Premio Alicia Moreau de Justo (1985); Premio Konex de Platino - Literatura Infantil (1994 y 2004), Pregonero de Honor (2006), etc. Muchos de sus libros fueron incluidos en listas de títulos recomendados de importantes organismos como el Banco del Libro de Venezuela, la Internationale Jugendbibliothek de Munich (Alemania), la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de la Argentina, entre otros.
Además de su extensa producción literaria, también escribió algunos guiones para la televisión, compuso canciones que fueron grabadas e interpretadas por diversos artistas nacionales, piezas teatrales y colaboró con varias revistas para niños.
Elsa Bornemann falleció el 24 de mayo de 2013, a los 61 años.
PARA SEGUIR LEYENDO
Elsa Bornemann: Cuentos para niños: de generación en generación. En: educ.ar (17-06-2004).
FUENTE: educ.ar
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